
Durante la última década la cobertura - en la más amplia gama de detalles - de los hechos de delincuencia y violencia, han inundado nuestros sentidos.
Una de las historia más emblemáticas es la de Cristobal, más conocido como el Cisarro. Un canal de Televisión, por ejemplo, realizó el siguiente reportaje:
Tal como se plantea en parte del reportaje, el Cisarro es transformado en un paradigma de la delincuencia infantil. Su caso y algunos acontecimientos relacionados, por ejemplo, el rescate que hacen de el otro grupo de menores desde un centro del SENAME, no sólo estimuló distintas reflexiones - provenientes del mundo político, desde los formadores de opinión pública, o del público común y corriente - sino que cuestionó la institucionalidad vigente, colocando en jaque al SENAME por ejemplo y, llegando incluso a colocar unmanto de dudas sobre la verdadera vocación que tiene el Gobierno y la Presidenta, de combatir la delincuencia.
Ensayando alternativas de respuesta al caso Cisarro - por ejemplo el Alcalde de Peñalolen, comuna donde reside el menor, reconoce tener alternativas para menores probelmáticos y en riesgo social, más NO TENER alternativas para menores reincidentes, como Cristobal -. Se llegó a la conclusión que Cristobal padecía de una enfermedad mental y que, por lo tanto, su problema debía ser tratado desde el punto de vista de la psiquiatría.
Escuché opiniones que apuntaban a la peligrosidad de esta hipótesis. En la práctica, hacer reposar el tratamiento de este muchacho - y de otros/as - en el uso de drogas, dejando de lado los tratamiento psico - sociales, psico - afectivos, educacionales, entre otros, podía transformarse en una tentación muy potente. Ejemplos tenemos muchos. La idea de judicializarlo todo es uno de ellos. O la tentación de los docentes a derivar limitaciones en los aprendizajes de los estudiantes o en sus rendimientos o en su comportamiento, a peritajes de tipo psicológico o a tratamiento con psicopedadgogos y no enfrentarlos desde la metodología y el trabajo en el aula.
Esta mañan conocí que el abogado de Cristobal daba a conocer que el fármaco con el cuál se le trataba, tenía serios cuestionamientos médicos. Sin embargo, Osvaldo artaza, director del Hospital donde se aplica el tratamiento, primero lo defendió y luego trató de eludir la responsabilidad de seguir tratando a Cristobal, bajo la mañida frase de "se rompieron las confianzas".
En verdad, yo había dejado de pensar en este tema. Sin embargo, al tomar conocimiento de esta nueva polémica, volví a recordar la película "La Naranja Mecánica", cinta dirigida por Kubrick basada en un libro de A. Burgess. En lo principal se trata de una reflexión respecto de la legitimidad que tienen la sociedad - en cuanto colectivo - llegue a destruir a un individuo en función de un supuesto interés general.
Basta recordar una "joyita" del humor negro: Luche contra la pobreza...mate un mendigo.
Desconosco si efectivamente el problema de Cristobal radica en una cierta definiciencia neuronal que lo impulsa hacia la violencia, a la intolerancia hacia cualquier forma de autoridad, que requiere ser compensada mediante la ingestión de Clozapina. Si acepto esta tesis, también debo aceptar aquella que me habla respecto de las desigualdades sociales y cómo estas terminan impactando en la formación de personalidades como la del Cisarro. He aprendido que la casuística da para todo y que no deja nada fuera. Sólo me parece pertinente sumarme a quienes ven en la alternativa de controlar, mediante drogas y medicamentos, la conducta de las personas y dejar de lado la educación y el apoyo socio afectivo, una alternativa demasiado peligrosa.








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